17 julio 2007

BLANCOSAZULES DEL AMOR


A ti puedo decirte que el silencio es una montaña interminable y sin esquinas, un punto horizontal y por millas que trasciende y nos trasciende, en esta hora fugaz de dudas y clamores.

A ti puedo decirte que ya no hay hora más allá del tiempo y que vencen los
minutos para respirarte por encima de esta secuencia de segundos ensortijados que se amarran a nosotros para atraparnos en una ininterrumpible eternidad.

A ti puedo entregar esta lámina invisible, más que invisible hecha de palabras metálicas y grises que ensordecen nuestros oídos a la hora de confundirnos con la verdad, en medio de la mentira, de las lluvias y las historias que murieron antes de ser contadas.

Lo mismo digo de los desiertos cuando se inundan por la lluvia de una mirada acuosa y extensiva que se emplaza y nos emplaza sobre la arena dorada de esos cuerpos calcinados que quizás éramos nosotros en la adversidad de una ventisca parcial y sustanciosa.

Es el amor definitivamente.
Son los rayos de lluvias
Son las gotas de sol
Es el blindaje de la nostalgia
Son las lágrimas cuadriculadas
Es el llanto, la risa y el dolor.

A ti puedo decirte en este bullicio que busco
Entre brisas polvorientas y soplos de luces mortecinas
La verdadera caridad de un beso; el pleonasmo de una vocal helada
Reconstruida y fabricada, procesada y masticada,
a partir de la última partículas del sudor sexual de tu cuerpo.

Lo mismo digo de la virginidad; la que fue tuya antes de ser mía, de la paternidad de nuestros sentimientos; de esas angustias del color de la hierba
Cuando los campos se extienden en las orillas de los ríos cristalinos.

Del deseo
de la punta de la virtud desconstruida,
de los pálpitos mortales y estremecidos
de la resta de todas las sumas: quizás de la alquimia, la fama y la firma
de los inocentes, aquellos que invocaron en el centro de la tierraque el aliento era tan único y blanco, como el orgasmo, la poesía y la pasión.

11 julio 2007

El Cine: pasión desconcertante


Desde que yo era chiquito, el cine siempre se consideró un vehículo de entretenimiento por excelencia, que nunca fue superado y sólo la lectura de buenas obras literarias podía competir con las películas que se exhibían los domingos en la matinee, aunque no creo que muchos carajitos estuvieran interesados en la lectura.


Los filmes eran vistos sin criterio crítico y mucho nos gustaban las patadas y las escaramuzas de los samuráis y de los guerreros del Templo de Shaolin o del grupo del Dragón, las películas en boga por estos años, la década de los ochenta estaban protagonizadas por Bruce Lee, Jackie Chan y luego se agregaron otros astros de las artes marciales, con su buena pizca de humor. Ese cine pueblerino es llamado por la nostalgia.


Nos reuníamos en el parque Duarte-el nombre en honor al padre de la patria Juan Pablo Duarte- vestidos con nuestros pantaloncitos cortos y nuestras camisas de poliéster, para presenciar esas películas, sólo para divertirnos. No había el criterio de cinéfilos, con el que mucho tiempo después algunos de los chicos del grupo se hicieron, hablando de las genialidades de Almodóvar, de Luis Buñuel-cada uno en su contexto- de Alfred Hitchcock, de Brian De Palma y hasta de Robert Redford con su fiebre de cine independiente, luego de sellar una carrera de chico dandy de la meca hollywoodense. El cine era único y las salas que exhibían las películas constituían junto al teatro ambulante de los centros de cultura pública, un mecanismo de escape para las vicisitudes cotidianas que debían vivir nuestros padres. Sin embargo, ya no es lo mismo.


No sólo por la proliferación de cineastas de toda calaña y por el influjo a veces alienante de Hollywood, que en países como el mío fue y es amo y señor de las súper producciones y del atractivo de la gente, sino porque la competencia, la piratería, la Internet, los vídeos en sus versiones VHS y luego DVD, han ido desplazando las visitas a las salas.



A partir de ahí es de donde sale la reflexión: se ha perdido la tradición y muchos dueños de salas de cine se han ido a pique. Pues, usted dice este fin de semana iré con mi(s) hijo(s) a ver Batman y tu compañero de trabajo te replica, pero mejor alquila la cinta o bájala de Internet y uno, romántico hasta el fin del milenio le plantea; es que no es lo mismo; la atmósfera de una sala con su aire acondicionado irrespirable, las parejitas que van a besuquearse y el grupito de malditos que asisten a hablar, a hacer comentarios y a hacerle la vida imposible a quienes quieren visualizar la película, eso, no se vive en la sala de tu casa, en mi caso dominicano con el riesgo de que un jodido apagón-interrupción de la energía eléctrica-te haga subir la glicemia e impedir que disfrutes de la cinta.



Lo lamentable es que si bien es cierto que hoy proliferan muchas salas de cine, con muchos disparates en pantalla, como Los Cuatro Fantásticos, donde vi a mi héroe Ben, la mole, frustrado porque se convirtió en piedra y al sujetar un vaso para beber agua, se rompió en su diestra, esta modalidad de entretenimiento y de cultura está en declive. El negocio peligra, dicen los empresarios. Los niños se sienten atraídos por ver sus muñequitos animados, de los que Walt Disney ha hecho producciones que hoy perduran y nos recuerdan nuestra propia infancia: El Rey León, Pocahontas, Peter Pan, Trazan el hombre mono y otras, nos han devuelto la alegría de retornar al cine. Pero, mucho antes que yo y sin pagar de inmediato, ya los carajitos se las han bajado de Internet y volvemos al círculo vicioso de lo mismo.


Las regulaciones no existen, o sí, existen, pero los piratas tienen mil maneras de acceder a ese océano interminable sin pagar los impuestos requeridos, sin sufrir lo que sufren los productores y no es que defienda a esos leones naturales, pero han puesto en vilo el negocio del cine, y con ello, el negocio de la ilusión. Esto es una reflexión sin muchas luces que aspiraba a escribir desde hace tiempo, sin los formulismos del crítico ni los aspavientos intelectuales de los cinéfilos. Lo mejor de todo es que los críticos no son tales, sino una partida de comentaristas que reciben taquillas gratis para hablar de tal o cual película, pero ese es otro asunto, que deberemos tratar más tarde.

09 julio 2007



paraíso

Gritas en medio de estas cuatro paredes
y tu voz se desliza débil en el lomo del viento;
un pequeño viento:
minúscula brisa que olfatea desde el patio
y cuela chorros de nostalgias
que me golpean con tu perfume. Con el perfume de tu cuerpo
accidentado:
curvas y vellosidades como arcoiris
magia irredenta de un polvo cósmico
que nos lanza a ambos al silencio
y la d-i-s-t-a-n-c-i-a
Porque estamos próximos y distantes
Porque eres una especie
De escape directo a la lujuria
Al abismo profundo del adormecimiento: sílaba perdida
Sólida pérdida de los sentidos
En aquello que sentí y discerní
O discernimos juntos
Antes de resumirnos en una gota de sudor…

21 junio 2007

Bosch la insustituible imagen de un gigante


El 30 de este mes se celebra el natalicio 98 del fenecido literato ex presidente de la República, Juan Bosch. Se trata de un hombre historia que supo forrar su piel humana de la coraza imbatible de los hombres que no conocían límites para comprometerse con las causas sociales más justas.


Se trata de un ser humano que vivió entre la dualidad casi mágica de la Literatura y la Política, que en él, fueron dos alas de un mismo pájaro que lo ayudaron a volar por los espacios comunes de las necesidades del pueblo, sus carencias e ignorancias, sus virtudes y defectos.



Fue político. Fue Presidente de la República; fue literato de los del más alto nivel. Maestro de hombres curtidos en el oficio de las letras, como el gigante Gabriel García Márquez, que supo abrevar de sus conocimientos sobre el arte de escribir cuentos. Que supo acudir a disertaciones del hacedor de la Nochebuena de Encarnación Mendoza, para no faltar a ninguna de esas explicaciones de un hombre que, ya había escrito una arquitectura sobre ese género que él mismo consideró el tigre de la Fauna Literaria.


El 30 este mes saldrán los vítores de quienes dicen, han dicho y seguirán diciendo que él les sirvió de modelo para dar y ser ejemplos en esta sociedad que poco a poco se cae a pedazos. Llegará la lluvia del relumbrón con una y mil actividades, fílmicas de hombres y mujeres que lo siguen con verdadero deseo de emular sus acciones y de otros que nunca podrán, si quiera, colocarse a dos metros de su recuerdo, porque, si él viviera, fueran puras decepciones.


Juan Bosch fue Presidente de la República por siete meses, porque en este jodido país nuestro lo bueno no dura. Su gobierno se lo llevó por delante el encono de grupejos asacerdotados, empresariales y estúpidos que entendieron a tiempo que ese señor había llegado para defender a los pobres y a ellos, eso, les importaba un carajo.Actualmente escribo sobre Juan Bosch.


Pero no sobre el Juan Bosch político que fue presidente de la República y cuyo gobierno fue tumbado por esos grupos que lo vieron como un artífice importante de la democracia dominicana.En el poco tiempo que puedo sacar fuera de mis labores de supervivencia como periodista, he profundizado en aspectos relevantes de la vida de ese hombre que, al publicar Camino Real quizás ignoraba que su impronta literaria lo haría trascender más allá de las fronteras continentales para situarlo frente a otros grandes de la narrativa fundamental, como Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos y Julio Cortázar.Escribo no sobre el Bosch que logró fundar dos de los partidos políticos que han cimentado parte del devenir democrático de República Dominicana: el Revolucionario Dominicano (PRD) y el de la Liberación Dominicana (PLD); no sobre el Bosch que compartió escenarios con líderes demócratas mundiales que lo vieron y se solidarizaron porque como él combatían dictaduras y se ceñían sobre las cabezas las ideas libertarias propias de hombres enquistados en su admiración como el poeta y prócer cubano José Martí.No. En el libro de ensayos que preparo, vaya osadía para un practicante todavía imberbe de la narrativa, hablo del Juan Bosch literato, lo que, por supuesto, no significa una desvinculación de su condición esencial de político, la que manifiesta aún en sus cuentos más representativos. Porque Bosch hacía narrativa social, aunque sus obras no se vistieran del color ideológico que tuvieron otros, como el poeta chileno Pablo Neruda, que se inmiscuyó con tino certero en la literatura militante.Bosch era amigo de Neruda.


Neruda lo conoció en su casa de Cuba y los presentó otro poeta monumental, Nicolás Guillén, porque en esos tiempos de Cuba, en un largo exilio que sirvió para fortalecer sus convicciones literarias, ya era un intelectual consagrado que se codeaba con lo mejor de lo mejor.Mi ensayo tiene un objetivo: tratar desde una minúscula trinchera de difundir a Bosch como escritor. Como una de las figuras más grandes de la literatura hispanoamericana, que trascendió como lo hicieron en su tiempo Pedro Henríquez Ureña y Manuel del Cabral.No se ha hecho. Nadie lo ha hecho. Planteo que la figura de Juan Bosch no ha sido aquilatada en su justa dimensión como literato, como el más grande literato dominicano, aunque para algunos esto sea un criterio subjetivo, lo que no invalida la veracidad de esa afirmación.Los esfuerzos que se han hecho por difundir la obra del autor de la Nochebuena de Encarnación Mendoza, no han sido suficientes. Hay quienes lo han considerado, incluso junto a Miguel Ángel Asturias y Arturo Uslar Pietri el tríptico de narradores caribeños precursores del realismo mágico latinoamericano.Yo comparto ese criterio. A rajatabla.

19 junio 2007

El hombre se alejó de Dios

En estos días he visto muchas cosas raras. He escuchado muchas cosas raras. He palpado un igual número de cosas raras y de seguir en esta tesitura, estaremos viendo un mundo cada vez más sombrío y menos calado por la humanidad que poco a poco pierden los hombres y las mujeres.

No es gana de joder ni de extralimitarme en desvaríos verborréicos, pero, haciendo una abstracción con carácter seudo científico, puedo partir de lo general a lo particular y en ese caso, el mundo está que arde.

No hay paz en el Medio Oriente, no hay paz en las naciones pacifistas que son, desde cualquier ángulo que se observe guerreristas; y esa sensación térmica y espantosa se ha hecho notar en países como Estados Unidos, que sin ningún tipo de doblez, es una especie de tabla de salvación para los dominicanos que, desde hace décadas mantienen a sus familiares desde allá, porque allá han encontrado las oportunidades que muchas veces en esta patria nuestra, se les ha negado por derecho propio.


Esa precisión es necesaria, porque quiérase o no, Estados Unidos es la gran nación de los emigrantes y contra eso no hay palabras ni ideologías, ni enemiguismos que valgan.
Esa situación de desasosiego se ha vivido en los aeropuertos: nada más y nada menos que el JFK, cuyas instalaciones conocí cuando viajé a Corea del Sur invitado por la embajada, es un monstruo de la cosmovisión de una estructura superdinámica, que nos habla del desarrollo.


Allí ha habido amenazas de acciones terroristas; pero más recientemente un espacio dedicado a los periodistas debió ser evacuado, en las proximidades de la Casa Blanca-Centro del poder moderno del mundo- con todos los reflectores del daño sicológico que eso representa.



Sé, como observador de las conductas sociales más disímiles de esta época, que nuestro mundo no es de un solo color; todos tienen su propio prisma y la cuestión viene a resumirse en un todo de conveniencias: unas cosas son blancas si no hay pérdidas para mí en que sean blancas.

De esa corta y apremiante realidad global de un mundo cada vez más enrarecido por las modas bélicas, los tratamientos estéticos costosísimos y la doble circunstancia de naciones ricas, con muchos ricos y más pobres por millones, llego a mi país: República Dominicana, que no es otra cosa que lo mismo, pero en miniatura. Tenemos un país que es joven en su democracia, con un histórico problema fronterizo que va más allá de la piel, compartimos una isla cuya cultura, tradiciones y lengua son distintas a la nuestra, aunque, seamos descendientes directos y sin culpas de parte esa cultura que desdecimos; la de los africanos.


Nuestra complejidad histórico cultural es bastante complicada, porque ni los haitianos ni los dominicanos nos aceptamos como somos, y allí, por supuesto, todavía no existe una conciencia clara del rol que debe jugar el hombre en libertad plena, pero ese es un capítulo, cuya responsabilidad esencial es de sus dirigentes, de sus clases dominantes y de aquellas minorías que nunca quisieron que el pueblo se liberara de la ignorancia y la sinrazón.


El antagonismo, por supuesto, es histórico. Hay miles de páginas que nos relatan la veracidad del asunto: Nos independizamos de Haití, vaya paradoja, que nos mantuvo desde el 1821 hasta el 1844 bajo la sombra de su mandato férreo y contra Haití se irguieron Juan Pablo Duarte y una serie de hombres a los que no les tembló el pulso para defender su soberanía nacional a sangre y fuego.


Siempre me ha gustado la idea de salir a volar por esos espacios de la imaginación y, en uno de esos recovecos, quizás en el mismo parque donde se sentaron el viejo Borges y el joven Borges, preguntarle al patricio dominicano si valió la pena el esfuerzo. Si valió la pena.

La misma pregunta que le hago a Mayobanex Vargas, la misma pregunta que le hago a Poncio Pou Saleta- dos protagonistas vivos de la Historia dominicana, que desembarcaron el 14 de Junio de 1959 procedentes de Cuba, a suelo dominicano, con el objetivo casi suicida de destronar al tirano sangriento Rafael Leonidas Trujillo: ¿Valió la pena sudar los cojones para que un país quedara libre del oprobio? Y ellos responden que sí. Y que si tuvieran una oportunidad similar en la misma circunstancia, volverían a hacerlo.


También le pregunté al anciano general Antonio Imbert Barrera, uno de los matadores directos de Trujillo, si había valido la pena hacer lo que él y su grupo hicieron, arriesgando el pellejo, no sólo el suyo sino el de sus familiares y me respondió: “Adiós, carajo, claro que valió la pena.Cuando Trujillo había un miedo terrible que nada tenía que ver con el orden ni el respeto, era miedo y ahora, nosotros podemos decir y vocear lo que nos dé nuestra maldita gana”.
Esos héroes todavía están ahí. Y el país por el cual lucharon también. Flagelado por las denuncias de corrupción, de manejos turbios de fondos públicos de parte de gobernantes y representantes del sector privado: la delincuencia es un azote en las calles y los esfuerzos de las autoridades son tan poco efectivos que a veces, no sé ni qué pensar.


A lo mejor la gente dirá que este ensayo ha perdido la perspectiva de su temática, pero no ha sido así. Picaditas, las cosas se entienden mejor. Lo real es que estamos atravesando una realidad transversal y alborotada en la que prima la descomposición social. Lo real es que estamos ante una realidad apabullante, que arrastra un lastre de desazón, ira y frustraciones acezantes. Siempre me ha perturbado este tema, pero creo, que, además de los conflictos meramente heredados por la Historia, hay un componente esencial que tiene el mundo patas arriba: el hombre se ha alejado de Dios.

24 abril 2007

Una mirada al dolor que nació para siempre

I
Te miro entre las sombras despedidas por el pedazo de noche que le queda a esta habitación fría. Casi no puedo distinguir tu rostro cruzado de lado por un imperceptible haz de luz que fluye de algún sitio, quizás de la luna que hoy es enorme, parece una esfera de cristal. Trato de ocultarme para que no sepas, o ignores que soy yo quien mueve las cortinas con la respiración fatigosa e infatigable. Estoy en silencio.

Tú también lo estás. Además no sabes que estoy en este aposento, escondido como un ladrón, observándote, observando el chorro de hebras que desciende desde tu cabeza hasta tus hombros y deja fluir esa cabellera suave, rubia, que se aposenta sobre tu cuello desnudo. Fumas. Fumas de manera nerviosa. Estás temblando, porque tal vez te has imaginado conmigo cerca robando algo parecido a un beso de tus labios carnosos y sin pintalabios, porque escuchas tu risa escandalosa y sin dolientes a cualquier hora de la madrugada por el pasillo largo y desnudo, sólo ataviado por el estante con la colección de libros del Gabo.

Te imaginas corriendo, fumando y descolchando champagne a las tres y cuarenta de la madrugada-los horarios son patológicos y planificaste un sistema inviolable para que el caño de las horas se frisara y congelara el tiempo con sus señas siempre implacables-; luego corrías, como una niña de cinco años que busca despistada lo que no se le ha perdido sólo para captar y, más que captar, concentrar mi atención, poco concentrada, atenta a mis minúsculas miserias y propiedades solitarias, hasta la hora de acostarnos, cuando llegaba el momento de explorarnos y la impaciencia te agobiaba.
Esto no durará para siempre.

Era tu frase lapidaria. Bendita. Sabías que existía algo en mí oscuro y nocivo, algo interior que a veces se manifestaba en mis gestos y en mi humor retorcido. Sabías que las cosas no funcionarían toda la vida y que no había un molde para acoplar voluntades y temperamentos. Era una decisión diaria y constante estrecharte con mi cuerpo y darte constancia de que, de todas maneras, no hay un ser humano perfecto y lo nuestro era irreversible.


No lo siento así.

Lo que más quise de ti fue tu total independencia de las vanaglorias y las vanidades del mundo. ¿Cómo amoldarse a un maldito antisocial como yo, cuando estabas hecha para ser la señorita simpatías y te gustaba una fiesta, un bonche y un can más que comer y dormir? En parte comprendí que se trataba de un asunto de tolerancia; de resistir las adversidades, no por un momento de sexo placentero o por echar un polvo cuando el cuerpo lo pida; se trataba de nuestras vidas, todas nuestras vidas puestas en nuestras manos, sin ninguna objeción, entendiéndonos, comprendiendo nuestras diferencias y valorando un poquitico más nuestras virtudes. Podías ser como fueras e incluso poseer tu temperamento; podías aparecer, como de hecho lo hacías, por la casa de Frank Félix, mi hermano mayor-que en realidad servía de base de operaciones para otros devaneos informales, que no por eso desapasionados, tenían lo suyo- y escrutar bajo la mesa del dominó, podías lanzar tus piernas largas y apetecibles hacia cada una de las habitaciones y revolverlo todo y tenías razón: cuando se ama a alguien hay que celarlo un poquitico; hay que hacer como que a uno le duele que el otro lo ignore, hay que pasar por pendejo y permitir que nos zarandeen, y mejor estas requisas que encontrarme trepado entre los muslos de alguna de esas mujeres de ocasión, que sabíamos, nunca terminarían, pues la condición de mujeriego empedernido es una enfermedad: sintaxis morfológica de la lujuria y de los vapores humectados del ser y la razón.

14 abril 2007

Viejas menudencias


He dejado en un rincón
la mochila todavía rota:
llegó conmigo cansada,
hace unos días.

He dejado en la mochila
parte de mi aliento que
fluye congelado y sudadopor el largo camino.

He variado la forma de
ver los minutos y tomarme
mi tiempo; sin prisas,
cansado en cualquier
trayecto... con mi mochila.

He flojado los músculos,
deshilado la mochila y
respirado la media tarde
de ayer. Me embriaga
la tristeza, una tristeza larga,
metálica, gris, mohosa
que también se deshila
por la pena.

El camino ha sido largo
muy largo para reflexionar;
para humedecer la lluvia seca
y mojar la sequía imposible
que no ha dejado de existir.

Me han
dicho que un hombre puede
esparcirse con el viento;
desgranarse en una noche serena
y desconvertirse
en cualquier posibilidad
de lo que hubo de ser.


No he mirada hacia atrás
para no cargar con las brumas
para no ensombrecer el camino
sin luces
para no convencer al olvido
de sus olvidos constantes,
de su indisciplina cruel...
mi mochila en un extremo.
Llegó rota a mi lado;
víctima de un viaje largo:
trayecto de polvo, sol y cactus

He podido aferrarme
a los designios de la carne:
magia rústica de cuerpos
allanados en los terrales del
olvido.
He descendido al tiempo,
al minuto incipiente del llanto,
de la penumbra: de los odios
lastimados y verdes.

11 abril 2007

Génesis de metal de un amor de lluvia

La buscó entre las sábanas de la cama, donde el calor incrementaba la temperatura de sus cuerpos. Hubo besos. Caricias, uno que otro quejidito. El aposento se mantenía tibio, el techo de zinc siempre dejaba fluir un vapor caliente en las noches, por el sol recogido en el asueto de los días felices. No habían comido nada. Tampoco bebido. No tenían un reloj para ver la hora, por lo que el tiempo pasaba de largo.

Luego de hacer el amor encendieron un cigarrillo, mejor dicho, cada uno encendió un cigarrillo y cada uno fumó. Quisieron poner a funcionar el tocadiscos, pero no tenían energía eléctrica para hacerlo; ella cantó.

Necesitaban una canción y no había ni tocadiscos, ni electricidad, sí una habitación oscura y caliente que los hacía sudar a cántaros. La última vez que salieron el día estaba soleado. Fue ese mismo día.

Ambos sintieron un olor a flores frescas. Ambos también contemplaron que una rara intensidad sombreaba el cielo, entorpecía el tránsito de las nubes. Estaban unidos entre ellos: habían comprendido la situación y se dedicaron a vivir.


Se lo propusieron y lograron apagar los teléfonos celulares. No contaban ni con radio, como se ha dicho, aunque se dijo tocadiscos, ni un aparato televisor para ver las noticias, para ver el acontecer del mundo con sus inquietudes y sus vapores demoníacos, no estaban interesados en nada; tampoco estaban desinteresados, sólo querían vivir. Retornar a la condición anterior del hombre y la mujer, cuando el hombre debía buscar qué comer para sobrevivir sin el stress, sin las presiones de un maldito jefe apurándolos para entregar un informe para ayer a las dos de tarde.

Fumaron y se mantuvieron tranquilos. Casi ensordecían al escuchar la espesura del silencio, un silencio agrietado por el silbido de las aves, por los retozos de las aves y los animales que brotaban como los arbustos del bosque.
La decisión fue tajante: abandonaremos el mundo para vivir, para respirar. Atrás quedó el edificio de apartamentos con sus comodidades, su intercom, su escalera de emergencia, su ascensor y su conserje para encargarse del mantenimiento.

Ella volvió a meterse entre las sábanas, él la siguió. Se miraron despacio los cuerpos desnudos y casi perfectos: no importaban las libritas de más, allí estaba la perfección, entre ellos, abandonados a la vida y la vida abandonada para ellos.


Volvieron a pegar sus labios, a suavizar el beso, a amarrar sus lenguas en un intenso intento por romper la tregua y reanudar el rito amatorio. Se amaron. Hasta el amanecer. Cuando la lluvia se sintió intensa sobre el techo de zinc y los estimuló, se besaron cada porción de sus cuerpos, cada poro de su piel, se lamieron cada resquicio.
Vivieron unas horas indescriptibles, en la mañana, ambos estaban muertos, antes de morir, se juraron no volver a sufrir...jamás.

31 marzo 2007

Muerto el recuerdo

No me queda más que escuchar en silencio
los ruidos de tu ausencia, aquella soledad diluida, que se cuela centímetro a centímetro
por las razones de tu piel y tu memoria.
No me queda más.
No me queda más que escuchar a Serrat en esta memorable tarde de angustias grises,
de rememorar viejas querencias sentado con los chicos en el antiquísmo patio de la
Universidad; donde fumábamos y bebíamos hasta la última gota del sudor y la desidia.
No me queda más
No me queda más que este libro de Borges, viejo libro de Borges cuando Borges
también era un viejo o se vestía de viejo para alquilarnos sus versos, echarnos en cara
su ceguera y hacernos olvidar que nada puede ser olvidado; al menos en la estantería del
para siempre.
No me queda más
No me queda más que la herrumbre de esta humedad que me calcifica los huesos y me
destila el alcohol perverso de las maldades de los pocos y muchos que nos veían
con malos ojos. Porque era fácil mirarnos con malos ojos si bien no hacíamos caso
de nada ni de nadie, juntos lo demás era mierda y sueños desflecados y muertos.
Juntos no había un minuto ni un segundo,
la noción del tiempo se deshilaba y regaba su vulva machista por encima de nuestros
cuerpos y de nuestra cama y de nuestra mesita de noche y de nuestra ducha y de nuestra
hoguera y de nuestro sexo. Terminábamos latiendo uno en el corazón del otro y viceversa,
escuchando emocionados la última canción de Sanz con Shakira: estallido insano de
gloriosos y pecaminosos movimientos de cintura: flor amarilla de sexo. Estambre y palidez
del amor.
No me queda más
no me queda más que recitar a los cuatro o cinco vientos que bebí del vaso de tu despedida
antes de que te marcharas: provoqué el vacío de tu instante único y permití que lamieras
el último reducto de una caricia tardía, que nació y murió, instantes más o instantes menos.
Daba igual que la vida se desgranara
Daba igual que nuestras diferencias
Encontraran un término medio: para vaciarnos de ilusión y mandar al carajo el recuerdo.

22 marzo 2007

Niña perversa

No he dejado de pensar en ella tal y como la vi; con su rostro de niña perversa, mala y maldita que me tiene afiebrado hasta el límite de desconocer esa fuerza inaudita que ahora se diluye por todo mi cuerpo y recorre áreas sensibles, incluso, se me hace difícil controlar la erección de las emociones, del alma y del ente viril de las verdades tímidas y mentidas de la hombría.

No he podido dejar de pensar en sus labios y en la cascada de oro de su pelo largo, mechoneado sobre su frente y su rostro y esa mirada erótica que me optimiza el deseo y me desconsidera en esta hora de vino blanco, risas y cigarrillos finos. No he podido dejarla, abandonarla en ningún momento, y es que creo que su boca me ha hechizado de manera misteriosa y fundamental, básica y regular: no ha habido forma de buscar alternativas capaces de eliminar su perfume, ella huele a lluvia y a brisa fresca de tierra fértil. Ella huele a infancia a pesar de ser mujer; huele a pecado y el pecado huele a su cuerpo, al sudor tibio de la piel que arde estremecida estremeciéndome cuando aterriza con su lengua despacio por los espacios de mi pudor de hombre afectado por el amor, por el deseo; por la fogosidad de una caricia que aletea soberbia hasta el bajo vientre, hasta la médula, hasta tu sexo...


Allí, en esa esquina de pocas luces, me prolongo en la melodía ronca del saxo que llega con sus talantes de nostalgias, con los olores de la ciudad que son nuestros olores y que son tus olores. Y la recuerdo, máxima, la acomodo a mi forma de ser para adorarla, para extenderla en toda su inmensidad de arco iris mezclado con lágrimas de sol y es cuando me atesoras entre tus senos perfectos, esos dos senos tan de mujer, tan redondos, tan deleitables, tan de mujer y tan tuyos o de ella, aunque se trate de la misma persona. Bebimos del mismo vaso de vino y nos untamos los labios de ese escozor divino y tembloroso, de esa corriente mágica de atracciones envolventes.


Porque la vi desnuda. Sí, descubrí su desnudez por encima de la ropa ceñida, el pantalón caqui ceñido, apretado, que hacía de sus formas de mujer un atentado contra los instintos, que incluso provocó un flujo de sudores.

Al verla se instaló el deseo en todo mi cuerpo y quise besarla, transmitirle la maldad de mis impulsos sobre esa cantera de poros exhalantes de azúcar quemada y pronuncié su nombre, quise hacerla mía como otras veces y que ella me hiciera suyo, que ella me abrazara y me tendiera toda la bondad de su sexo, en un solo derrame de candencias y movimientos infinitos, de viajes entre las sábanas que nos llevaron al tercer cielo cerca de Dios, cuando nos derramamos nosotros también en esa búsqueda exploratoria y explotamos también.
¿Qué recuerdo de nuestras estadías en las costas del amor? ¿Era amor, o simple sexo bañado de la más cruda pasión que pueden sentir dos seres humanos que se deshumanizan con los gemidos?



Ella era tan esporádica y gentil. Tan de sí misma y mía al mismo tiempo, tan nuestra y cercana, que supo inaugurarme en esos lugares sólo para iniciados, cuando apenas un imberbe prometía grandes cosas pero no dejaba de ser un novato, un novicio sin amputaciones morales que deseaba tenerla, tenerla y meterla dentro de mí, mujer ideal, madura, joven y niña, con la capacidad de una picardía ancestral, con la picardía de quien desea y necesita que la hagan sentir mujer, enredada en el silencio y el bullicio, del sexo, el saxo, las luces de bajos watts y el piano lento, lento y...subliminal.

Pero quizás al perderla o perdernos, porque declaro que hice mis propios aportes a la sostenibilidad democrática del sentimiento, resbaló algo fundamental de mi esencia masculina, por un caño sin destino fijo pero dirigido al desvanecimiento de todas mis fuerzas. De nada valieron las fórmulas alternativas, ni los embates solitarios de los tragos del whisky al vapor, acompasados de viejas melodías de tiempos pasados, y la compañía protocolar de mujeres estrepitosas y momentáneas que si bien cumplieron con su rol de descarga coyuntural fisiológica, no fueron capaces de llegar a ese extremo donde la magia se une a la carne para convertirnos en poesía viva de puro amor, coito y encuentro magnífico.


Así, como se cree o se tiene la creencia de que debemos creer en lo más creíble posible, deduje que su partida o estadía en la distancia iba a trastornar el mismo origen de mis alegrías nunca conclusas, porque con ella aprendí lo que se debe aprender en el arte cruel de esa sustancia intangible que es el amor, o algo parecido al amor, la carne viva, los minutos excitantes y las horas desmañadas, sin importar nuestra desnudez, la mía que es imperfecta y la tuya que se hace afín a la plenitud, próxima a ese universo inequívoco que fue donde descubrí que el sexo nos transformó en dos animales sin razones para vivir en soledad.

12 marzo 2007

Te vas si vuelves

Antes todo era igual. Tan igual como ahora; incluso las calles estrechas de la ciudad eran rociadas con la luminosidad de neón de las lámparas silentes y los bancos encadenados en los márgenes de la vía de adoquines que servían para sentarnos como dos chiquillos también rociados de alguna sustancia cercana al amor.

Creíamos que el amor era una sustancia intangible que nos transmitíamos de boca a boca, que iba germinándose entre nuestros líquidos vitales cuando nos retorcíamos en la cama fría repleta de agua, en una habitación también rociada de luz de neón y de brisas tenues que se filtraban por entre las persianas; porque la sentíamos. La sentíamos en nuestra epidermis, en nuestra piel y en nuestros puntos prohibidos abiertos al calor de un diluvio universal en el que iniciábamos el mundo y lo matábamos al mismo tiempo para no morirnos en el éxtasis que, sorpresivamente, también era de lluvia y de salpicaduras de neón.

Tu cuerpo era de neón. Me gustaba verlo al contraluz del aposento, entre el filo de la puerta del cuarto de baño y el aposento, porque te sentabas extenuada, con el Marlboro a flor de labios, echando humo como una chimenea, exhalando. Pensando. Miraba tu perfil; tu nariz embarrada de sombra y tu cuerpo de virgen infernal trastornando cada resquicio de mis sentidos latentes. Me insuflabas al extremo de impulsarme, abalanzarme sobre ti y desear inundarme de tus poros, ahogarme en uno de tus besos y resucitar más tarde, luego de vencidos todos los capítulos de la orgía perpetua de lo que era junto a ti y de lo que no era cuando estaba sin ti o cuando no estaba, porque, fluías como el sol y traspasabas mi cálamo, te sumergías en ese mundo torrentoso y magnífico donde surgía la sustancia del amor; húmedo filosófico, germinal y seminal.
Pero todo esto no es más que un recuerdo gris. Gris como el amanecer metálico que dejó la lluvia anoche o tal vez una noche pasada o futura que quizás no llegará o que llegó y nos minimizó en sus aguas, sin reducirnos completamente, porque pudimos derretirnos y solidificarnos una y otra vez en un incierto acontecimiento de deseos pasajeros que permanecieron y se marcharon al mismo tiempo, porque éramos lluvia, éramos agua y finalmente éramos una maquinaria de suspiros azules que nos legaron el sexo, la lascivia y el culto a la carne.

Volvimos a caminar por esa calle adoquinada, irradiada de neón y te vi tan cercana y lejana, sujetando tu ron con Coca-Cola y tu cigarrillo, adelantando los pasos y permitiendo que te persiguiera, que corriera detrás de ti, que me sumieras en tu sombra y que ascendiera hasta descubrirme solo en el aniversario de tu muerte.

14 febrero 2007

Dejé de existir sin tu existencia a mi lado

Desde ahora y antes que nada quiero recordarnos como en aquellos tiempos, cuando abrazados uníamos los cuerpos y caminábamos como barriendo el asfalto y las hojas secas que descolgaba el viento con la violencia tenue de la vehemencia. Todavía tengo la chaqueta manchada de café, el café que derramaste cuando quisiste que tus labios y los míos dieran una demostración pública de que estábamos juntos sin importar el gentío del restaurante y las miradas curiosas que nos penetraban con esa envidia lasciva irrefrenable. Todavía guardo en mi cartera algo de tu mirada que era la mirada de una niña que ascendía y descendía en cascada y a quien yo, me enorgullezco de ello, mostré los caminos dulces del mal y los estrechos y nunca bien ponderados del bien.
Porque ambos éramos eso; un soplo, un pálpito, un torrente sanguíneo procedente de un sistema circulatorio unificado. Guardé en mi cartera, o en alguna parte del baúl de mis recuerdos, la expresión de tu piel cuando temblaba, en aquel temblor del cielo, que resonaba a Poesía, a poesía de la carne y del espíritu, ambos fluidos, fluyentes y constantes, que se bifurcaban y nos acercaban a un tramo del cielo y del infierno, porque eso era el amor, más allá de nosotros dos y nuestras andanzas por las calles intramuros de la ciudad colonial, cerca de la puerta de la Misericordia, donde se reúnen la nostalgia de mejores tiempos y los chicos y jóvenes con el horizonte turbio de la marihuana y los tragos de ron con Coca-Cola.

Otra cosa que recuerdo es tu sonrisa. La tengo aquí zumbándome el oído izquierdo, reías, con el rostro entre esa cabellera ondulada y amarilla y mi hombro, y decías que mis chistes eran tan malos que no te que quedaba otra alternativa que llorar para verte hacerlo por simple alegría. Entonces tuis lágrimas se derramaban de esos ojos que me desnudaban desde el fondo de mis adentros, y me debilitaban, porque me mirabas con una una mirada poco común, inmerecida para un pobre mortal sin mayores aspiraciones que vivir para saber que tu vida vale la pena porque me hace vivir la mía, sabiendo que sin la tuya, hasta la sonrisa, la madrugada y la lluvia, son cadáveres natimuertos de orfandad y de profunda tristeza.
No puedo hacer nada menos que recordarnos a ambos, cuando éramos así como queríamos ser, no como somos hoy, cruzados e interrumpidos por caminos diferentes, con hogares diferentes y amores que aunque amados en cierta medida, nunca superarán esos años que estuvimos juntos, aquellos años en los que descubrimos que moriríamos los dos y que como castigo a una separación gratuita y caprichosa nos costaría vivir, simplemente vivir, como si se tratara de respirar para no dejar de existir en el mundo, aunque ya, desde hace tiempo dejamos de existir.

07 febrero 2007

Esta nostalgia de lluvia


A veces amanezco con el alma arrabalizada por sentimientos confusos, por sombras grises que se convierten en nubes que estallan en lluvia, una lluvia indefinida, sin color; matizada por la ausencia de vida, desencadenante.
A veces quiero tomar un café con leche en la vieja calle El Conde pero debo huir de sus adoquines y de su atmósfera, porque esa calle, repleta de tiendas, las mejores tiendas de la ciudad, con sus edificios antiquísimos y su sol amarillo que muere en la distancia; con sus piruetas y sus buscavidas, sus niños vendiendo maquinitas de hacer burbujas y sus pedigüeños y pintores de ilusiones, éxitos y fracasos, como muchas cosas ha desaparecido.
Y me consterna. Me consterna porque no he podido verte o por lo menos verme yo mismo en el espejo pensándote, o al menos, intentando materializar eso que, quizás, puede ser un beso bañado de ambos.
Pero la ciudad despierta también negra. Oscura. Sin luz, sin luna ni bombillas que iluminen la calle repleta de sueños, sueños perdidos que se han deshojado en cada paso repetido, en cada recuerdo y en cada sombra donde creo que estuviste alguna vez o que aún estás; no sé si alucino o si me dejo arrastrar por una verdad de mentira que me oculta la historia, la verdadera e irreal historia de lo que pudo haber sucedido si esa mañana antes de irte, hubieras hecho el amor conmigo o con quien pretendo que tú creas que soy.

04 febrero 2007

Juan Bosch nuestro cuentista por excelencia


Actualmente escribo sobre Juan Bosch. Pero no sobre el Juan Bosch político que fue presidente de la República y cuyo gobierno fue tumbado por los grupos que nunca entendieron cuál era su misión como un artífice importante de la democracia dominicana.
En el poco tiempo que puedo sacar fuera de mis labores de supervivencia como periodista, he profundizado en aspectos relevantes de la vida de ese hombre que, al publicar Camino Real quizás ignoraba que su impronta literaria lo haría trascender más allá de las fronteras continentales para situarlo frente a otros grandes de la narrativa fundamental, como Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos y Julio Cortázar.
Escribo no sobre el Bosch que logró fundar dos de los partidos políticos que han cimentado parte del devenir democrático de República Dominicana: el Revolucionario Dominicano (PRD) y el de la Liberación Dominicana (PLD); no sobre el Bosch que compartió escenarios con líderes demócratas mundiales que lo vieron y se solidarizaron porque como él combatían dictaduras y se ceñían sobre las cabezas las ideas libertarias propias de hombres enquistados en su admiración como el poeta y prócer cubano José Martí.
No. En el libro de ensayos que preparo, vaya osadía para un practicante todavía imberbe de la narrativa, hablo del Juan Bosch literato, lo que, por supuesto, no significa una desvinculación de su condición esencial de político, la que manifiesta aún en sus cuentos más representativos. Porque Bosch hacía narrativa social, aunque sus obras no se vistieran del color ideológico que tuvieron otros, como el poeta chileno Pablo Neruda, que se inmiscuyó con tino certero en la literatura militante.
Bosch era amigo de Neruda. Neruda lo conoció en su casa de Cuba y los presentó otro poeta monumental, Nicolás Guillén, porque en esos tiempos de Cuba, en un largo exilio que sirvió para fortalecer sus convicciones literarias, ya era un intelectual consagrado que se codeaba con lo mejor de lo mejor.
Mi ensayo tiene un objetivo: tratar desde una minúscula trinchera de difundir a Bosch como escritor. Como una de las figuras más grandes de la literatura hispanoamericana, que trascendió como lo hicieron en su tiempo Pedro Henríquez Ureña y Manuel del Cabral.
No se ha hecho. Nadie lo ha hecho. Planteo que la figura de Juan Bosch no ha sido aquilatada en su justa dimensión como literato, como el más grande literato dominicano, aunque para algunos esto sea un criterio subjetivo, lo que no invalida la veracidad de esa afirmación.
Los esfuerzos que se han hecho por difundir la obra del autor de la Nochebuena de Encarnación Mendoza, no han sido suficientes. Hay quienes lo han considerado, incluso junto a Miguel Ángel Asturias y Arturo Uslar Pietri el tríptico de narradores caribeños precursores del realismo mágico latinoamericano.
Yo comparto ese criterio. A rajatabla.

03 febrero 2007

11 enero 2007

Hasta luego, queridos

Para mí la Literatura es una actividad constante, cuyo ejercicio no puede interrumpirse, porque en ella cada día es tan valioso como la vida misma. Sin embargo, a partir de hoy me tomaré unos días de descanso que abarca, incluso mis actividades como periodista del rotativo dominicano Listín Diario. Este blog sigue activo para quienes desean continuar entreteniéndose con la lectura de sus cuentos y de sus narraciones.
recomiendo a quienes no lo hayan hecho, leer el fragmento de la novela "La muerte no tiene retorno", de la cual creo es un esfuerzo que no los desanimará.

Hasta febrero.

Néstor Medrano

10 enero 2007

Chaos

Te ha ocurrido que unos ojos
se convierten en mirada
cuando sus luces ansían
encenderse ante los tuyos...
te ha ocurrido
sin que surjan las preguntas
o resurjan las afirmaciones:
hay un arco de calles cerradas
esquinas abiertas y edificios
de vapor y de sombras
diluidos en la transparencia
del sol...
Cuando no hay miradas
O sí las hay
cuando sí hay miradas
pero la lluvia trastorna
esta humedad de los instintos
de los instintos vivos
ante la pasión muerta de los
redimidos de las noches vacías,
los días llenos
y las tardes humanas y delirantes:
que dan al traste con nosotros
y contigo y con toda esta
cofradía de sucesos taciturnos
de mierdas pestilentes en
singular
o se termina el mundo antes
de renacer
en una aventura negra
de suicidios veloces.
Y me pregunta con la voz tenue
soliviantada por esas alas sin
plumas que son huesos del
infierno secreto
de mis días y los tuyos
que son los suyos y de aquél
y de este tropel de palabras
mortecinas, que se apagan
sin lumbre y sin huecos
para aparcar el automóvil:
en este final filial de apetencias
de mujeres y hombres amañados
por el vicio del dolor
que todo lo ha devorado
con sus calambres y moratones
con sus presencias físicas
de cadáveres cuyos dueños
nunca tuvieron vida: sólo cruces
apalmadas de martirio
de orgasmos e interludios amarillos
y ellos, se quedaron sin voz
para la protesta.

07 enero 2007

HISTORIA DE AMOR

La buscó entre las sábanas de la cama, donde el calor incrementaba la temperatura de sus cuerpos. Hubo besos. Caricias, uno que otro quejidito. El aposento se mantenía tibio, el techo de zinc siempre dejaba fluir un vapor caliente en las noches, por el sol recogido en el asueto de los días felices. No habían comido nada. Tampoco bebido. No tenían un reloj para ver la hora, por lo que el tiempo pasaba de largo.
Luego de hacer el amor encendieron un cigarrillo, mejor dicho, cada uno encendió un cigarrillo y cada uno fumó. Quisieron poner a funcionar el tocadiscos, pero no tenían energía eléctrica para hacerlo; ella cantó. Necesitaban una canción y no había ni tocadiscos, ni electricidad, sí una habitación oscura y caliente que los hacía sudar a cántaros. La última vez que salieron el día estaba soleado. Fue ese mismo día. Ambos sintieron un olor a flores frescas. Ambos también contemplaron que una rara intensidad sombreaba el cielo, entorpecía el tránsito de las nubes. Estaban unidos entre ellos: habían comprendido la situación y se dedicaron a vivir.
Se lo propusieron y lograron apagar los teléfonos celulares. No contaban ni con radio, como se ha dicho, aunque se dijo tocadiscos, ni un aparato televisor para ver las noticias, para ver el acontecer del mundo con sus inquietudes y sus vapores demoníacos, no estaban interesados en nada; tampoco estaban desinteresados, sólo querían vivir. Retornar a la condición anterior del hombre y la mujer, cuando el hombre debía buscar qué comer para sobrevivir sin el stress, sin las presiones de un maldito jefe apurándolos para entregar un informe para ayer a las dos de tarde.
Fumaron y se mantuvieron tranquilos. Casi ensordecían al escuchar la espesura del silencio, un silencio agrietado por el silbido de las aves, por los retozos de las aves y los animales que brotaban como los arbustos del bosque.
La decisión fue tajante: abandonaremos el mundo para vivir, para respirar. Atrás quedó el edificio de apartamentos con sus comodidades, su intercom, su escalera de emergencia, su ascensor y su conserje para encargarse del mantenimiento.
Ella volvió a meterse entre las sábanas, él la siguió. Se miraron despacio los cuerpos desnudos y casi perfectos: no importaban las libritas de más, allí estaba la perfección, entre ellos, abandonados a la vida y la vida abandonada para ellos.
Volvieron a pegar sus labios, a suavizar el beso, a amarrar sus lenguas en un intenso intento por romper la tregua y reanudar el rito amatorio. Se amaron. Hasta el amanecer. Cuando la lluvia se sintió intensa sobre el techo de zinc y los estimuló, se besaron cada porción de sus cuerpos, cada poro de su piel, se lamieron cada resquicio.
Vivieron unas horas indescriptibles, en la mañana, ambos estaban muertos, antes de morir, se juraron no volver a sufrir...jamás.

28 diciembre 2006

LA MUERTE NO CONOCE RETORNO

(Fragmento novela)

Lo que puedo decir es que me marcho lejos, Rosina. Ni un minutos más seguiré soportando esta situación que es dañina, muy perjudicial para todos. No estoy conforme y creo que nunca lo estaré; no lo estaremos. Tú, ustedes dirán que es incomprensible, sin lógica, pues, y se preguntarán si los años, los meses, las semanas, si el tiempo no cuenta.
Pero no es eso. Ni los años, los meses, las semanas, tienen nada que ver. Es un problema del entorno. De esta maldita sociedad que todo lo asume con hipocresía: repleta de prejuicios, inconsciente e irrespetuosa de la intimidad de los demás. ¿Por qué hurgar en la vida ajena y mantener esas expectativas insanas? De todas maneras, Rosina, hay cosas que jamás olvidaré. A ti, por ejemplo, te recordaré por los perfumes, la diversidad de perfumes y de aromas con que te rociabas el cuerpo desde que amanecía.
Esa sonrisa que es tan tuya, y que cuando se convierte en risotada puede hasta enloquecer al otro y contagiarlo de tu propia alegría. Recuerda mi dirección electrónica, mis tres correos. Espero recibir los mails dos y tres veces al día.
Sé que no tienes computadora, pero el centro de internet de la esquina es barato, 30 pesos la hora, por lo que es difícil que la distancia pueda convertir en hielo nuestra relación. Sabes que odio estas vainas de las despedidas y por eso te escribí esta carta: ¡ tampoco me gusta escribir!
Es la edad. Ya sobre los treinta se comienza a madurar: las cosas son vistas con un criterio distinto y a veces nos sorprende un período de crisis. A nosotras nunca dejará de enloquecernos una buena noche en el Malecón, bebiendo los tragos largos de cerveza fría, mientras se baila un buen merengue o una buena salsa.
Esta parte me llena de nostalgia, Rosina. Eras loca con los rumbones y con esas noches que nos dábamos con los muchachos. Cuando decidí marcharme me dije que lo haría en silencio y sin dolor; a puro silencio, sin decirle a nadie, pero es obvio que me asaltaría un mal de conciencia si no me despedía de ti, Rosina, mi única amiga. Y te lo digo: no es fácil despedirse aunque sea de lejos. Voy a quedar en la más perfecta o imperfecta soledad del tiempo y del espacio. Borraré un pedacito de este ahora que en pocos días será pasado. A los muchachos, sobre todo a él, diles que ni te imaginas mi paradero; además, para evitarte compromisos, tampoco te diré mi rumbo.
Chao.

1
La carta era así, con su tono alocado y sin firma. Parecía el texto de alguien que jugaba una broma pesada. Cuando la encontré no dudé en abrir el sobre: “para Rosina”, decía, escrita con un viejo y barato bolígrafo Paper Mate azul, que dejó dos o tres manchas de tinta regadas en la cabecera del papel del cuaderno en el que anotaba sus cosas. Desde las compras en la tienda de comestibles, hasta sus más íntimas reflexiones. Busqué en todas partes, por lo menos su nuevo e-mail, ya lo había cambiado quince veces y, como que el culo de una anciana es canoso, debía tener dos tres nuevas direcciones electrónicas: hotmail, yahoo, gmail, quién sabe cuáles más.
Busqué en todas partes porque necesitaba comunicarme, decirle que las decisiones no pueden ser tan apresuradas y que en toda relación hay etapas de crisis, de disfunciones, de mierdería sensibleras y otras perogrulladas más. Estoy seguro que lo lamentará. Es inexperta, no conoce del mundo más que aquellas cosas que le hemos enseñado los chicos y yo, nuestra cofradía, que es su cofradía y su propia amiga, Rosina.
Lo dejó todo: los dos perfumes Paloma Picasso, sus zapatos de Gucci e incluso la caja de cigarrillos Marlboro sin abrir que compramos anoche en el Hard Rock Café del parque Colón.
Imaginé su imagen: la desesperación viva que debía sentir para agarrar sus cosas y largarse de forma sorpresiva.
“Lo que puedo decir es que me marcho lejos, Rosina, ni un momento más seguiré soportando esta situación que es dañina, muy perjudicial para todos”. No entiendo a qué se refería con esas palabras. ¿Qué situación es dañina? Me senté en uno de los bordes de la cama, Rosina no tardaría en llegar de una de sus insospechadas diligencias. Era tan perversa que no guardaba las formas; sabía con exactitud que yo vendría por aquí y me guardó la carta, a propósito, con el único fin de hacerme ver que era un desgraciado. Un maldito sin remedio, capaz de provocar dolor intenso en segundos y terceros con mis acciones desmedidas. Pero esta vez no hice nada. Se marchó, porque, quizás, no soportó que la gente hiciera de juez y nos juzgara, que ella viviera conmigo sin estar casados, que nos reuniéramos a cualquier hora con los chicos y armáramos un bonche, una fiesta sin término de jueves en jueves, o que cantarámos desnudos bajo la lluvia, cuando los tragos nos alfombraban el espíritu. Quizás se cansó de esperar que la gente tuviera mente abierta en estos tiempos; porque el ser humano debe tener mente abierta para poder vivir en esta revolucióndiaria y cibernética, en estas ciudades que nos quitan la calma como rodillos y la gente no entendía que nosotros habíamos escogido el estilo de vida que más nos convenía.
¿Por qué hurgar en la vida ajena y mantener esas expectativas insanas?, se pregunta, casi filosóficamente, en la carta dirigida a Rosina.
No pude enterarme. Al parecer, no quería que me enterara. Es lo inexplicable, pero también es un proceso imperceptible, porque muy despacio noté un enfriamiento de nuestras relaciones. Asumo la responsabilidad: utilizo el cliché del trabajo, la atmósfera de los negocios y ese mundo exigente que cada día quiere más y más tiempo hasta robarnos la vida y el tiempo de los demás.
No lo dice en parte la carta dejada a Rosina, pero uno puede imaginarlo. Algo extraño: nunca me reclamaba y yo seguía como si nada. Quizás fue la falta de atención. La computadora, los archivos, los cidís y la oficina- además del café espeso y rancio-, lo han sustituido. La gente vivía de metiche, murmurando y murmurando; el tipo llega tardísimo en la madrugada, o tempranísimo en la madrugada y vuelve y se marcha en las primeras horas de la mañana. Además, no le pone seriedad a las cosas. Sale en pantalones bermudas y franelas deshilachada un lunes en la noche; se aparece en el supermercado junto a los amigos desaliñados y pecosos, que parecen drogadictos, porque fuman y beben cerveza como si se tratara de un rito de acercamiento a Dios, o quién sabe qué cosa. Que cuando viene a ver son hasta maricones y esas dos, incluían a Rosina en sus diatribas, son dos locas a las que ponen a hacer cositas malas y prohibiditas.
Y eso es todos los días. Esa mujer es joven y la piel de las mujeres jóvenes grita, clama por un buen polvazo; la piel de las mujeres se encandila, arde. Es injusto que no haya quien las atienda cada momento.
-Aquí estás-, dice Rosina, que llega con esa cabellera lloviendo sobre sus hombros y los labios carnosos, rojos y apetecibles, que llaman, dicen, ven, muérdeme macho, muérdeme joder. No puedo más que mirarla con duda y escepticismo. Puede ser, quizás, nadie sabe, una jugada maestra de ambas, para sacarme de la rígida cordura que me he impuesto durante todos estos años.
-Ni lo pienses siquiera- dice Rosina adivinando mis pensamientos, que al estar a su lado se tornan pecaminosos,-no tengo nada que ver con esa decisión.
Antes de levantarme del borde de la cama, lanzo la carta sobre la mesita de noche y me doy ánimo para encender un cigarrillo.
Ella es una mujer fuerte, voluntariosa y decidida, me acerca el fuego con su encendedor de muestra, metálico y me acorrala con una sonrisa suspicaz:
-Déjala ir-recomienda-, ni siquiera te menciona en la carta...
-No menciona a nadie...
-Sí, menciona situaciones, menciona circunstancias, incluso habla de sociedad de hipócritas.
No concibo esta situación. Rosina me provoca, me insta a pensar en las circunstancias:
-Todo está frente a tus narices-remata.
Entonces salgo apresurado de esa habitación. De la casa. Subo mi automóvil Mitsubishi Lancer y me desplazo sobre el lomo de la ciudad agujereada por la noche. No sé cómo se me ocurrió ir a la casa de Rosina; su mordacidad es mortal por naturaleza, no dice las cosas, pero las insinúa: “pone a trabajar las neuronas”.
-¿Por qué te interesas ahora si la tuviste cerca todos estos años?- me pregunta, más maldita que nunca, a través del teléfono móvil, cinco minutos después de salir enfogonado de su casa.
-Porque sí. Sin más explicaciones.
Conduje toda la noche. Los muchachos seguro ignoraban la novedad y quise decírselos, como nos decíamos todo siempre o la mayor parte de las veces, sin anestesia y con estilo directo. Llamé a Joaquín, a Renaldo y a Frank Félix y les pedí reunirnos en el Malecón, preferiblemente frente al hotel Hilton, que es una zona más discreta y menos bulliciosa en estos días. Son las diez de la noche de un viernes y no les importará conversar dos o tres horas, mientras bajamos el diálogo con un par de cervezas. Todos somos amigos; una gran cofradía desde los tiempos de la secundaria, la escuela de artes, los inventos, los experimentos ilícitos de todo tipo; a nadie le caerá el mundo encima por admitir que entre fiesta y fiesta también nos dábamos nuestros tabaquitos prohibidos. También son sus amigos: lo mismo de Rosina. Pero, en este momento prefiero no convocarla, porque noté una implacable llovizna de recriminación; tal vez sólo lo imaginé, porque entre nosotros existe una historia, pero noté que estaba como están las mujeres en sus períodos de luna llena. Es mejor hablar con los chicos. Ellos llegaron juntos en la antiquísima Van Ford Aerostar de Frank Félix, con el mismo desparpajo de siempre, desaliñados, con jeans gastados y polohirts recién comprados de Metallica y de AC-DC. No cambiaban, eran los mismos adolescentes, claro, ahora sobre los treinta y cuatro años, pero en esencia los mismos jevitos riquitos que nunca cambiaron ni cambiarían.
Nos saludamos con un cómo estás sereno, pero admonitorio de que algo “poco común” ha sucedido en nuestro círculo.
-Josefina se fue-, anuncié de golpe, cortando la respiración por tres minutos. Frank Félix terminó de consumir la última gota de una birra Presidente y mantuvo la vista en Joaquín y Renaldo, como preguntándose: “¿qué fue lo que dijo?”.
-¿Qué dijiste?-pregunta Joaquín, con ese rostro redondo y engrasado por el barro de la adolescencia que permaneció para siempre en su cara. No era que les interesara “el incidente” de una ruptura entre una mujer de trayectoria lunática y un hombre a quien nunca le importó nadie más que él mismo por encima de Dios y de todas las cosas, lo que les importaba, pero más que eso los impactaba, era saber que Josefina tenía la suficiente energía para zafarse de un tipo que sólo la tenía para echarle uno o dos polvos al mes y que lo hiciera sin mayores traumas.
-Que se marchó Josefina-vuelvo a decir. Yo mismo estoy enterado de que lo que busco es, probablemente, la complicidad de la comprensión liberadora, la exculpación de todos los pecados, para no sentirme culpable.
Necesito hacerles ver que no entiendo un pepino las razones de su partida. Nadie más que ellos puede iluminarme.
-Y Rosina, ¿qué te dijo?-. Pregunta inteligente de Frank Félix. Cuando se habla de Josefina en nuestro grupo, también debe hablarse de Rosina y viceversa; porque son como causa y efecto efecto y causa de un mismo argumento. Ellas dos iban más allá de nosotros, lo que si se analiza, resulta hasta lógico, porque son mujeres y entre mujeres existen ciertos códigos, complicidades que a nadie más atañe.
Rosina y Josefina son tan amigas que de inmediato supe: cuando quiera aparecer, o que la ubiquemos, será a través de ella.
-Le dejó una carta-revelé-. Una carta estúpida en la que le dice que se marcha porque no soporta más la situación dañina y perjudicial para todos; pero no entiendo.

26 diciembre 2006

ALGORITMO DE LA PARTIDA

Al principio de todas las cosas
donde intentas ocultar los inocultables
silbidos del recuerdo y del silencio,
me arrastran tu nombre y tu huella.

Sin consentir en falsas apariencias
Me descifro en ese rincón azul
del aposento
para inmiscuirme cada vez más
en los accidentes de tu cuerpo;
en las configuraciones de tu piel
y en cada resistencia rosa
en que se transforma tu gemido.

Al principio de todos los finales
me ahuecas los sentidos para
llevarme al instante muriente
de este minuto que es presente
incendiario y mestizo.

Sin consentir en falsas verdades,
Me detiene el rumbo una mirada
que frena en un instante
el vértigo de perderte.

Al mismo tiempo
como una gota perpendicular de
llanto
me desanima la debilidad de huirte
de mis brazos y de mi vida

¿Por qué te huyo cuando quien
debería huir eres tú misma?
por esas motivaciones grises
que huelen a lluvia
porque el llanto huele a lluvia
y a lágrima eterna
llorada por los ojos de Dios.

Definitivamente
al concluir en estos pensamientos
bañado de azul y de rojo vino
creo, recreo y revivo
la necesidad de volver
a recobrarme
en uno de tus besos.
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Acerca de mí

Mi foto
Periodista, escritor, ganador del Premio Único de Poesía de la Centenaria Alianza Cibaeña de Santiago de Los Caballeros y autor de la novela infantojuvenil Héroes, Villanos y Una aldea, publicada por el Grupo Editorial Norma. Reportero del matutino dominicano Listín Diario.