30 abril 2009

Triángulo de Seis


(fragmento de novela inédita)


NÉSTOR MEDRANO

5
Le hicimos un funeral. En el cementerio estuvimos todos bien atildados, vestiditos de negro y reunificados en el dolor colectivo que siempre originan las pérdidas irreparables. Los familiares de Josefina nos miraban no con odio propiamente dicho, mas particularmente, con rencor. En la ceremonia de sepultura, uno de sus tíos pronunció unas palabras tan bañadas de dolor que dolían al ser escuchadas.
En un extremo, frente al nicho donde se guardaría el ataúd, estaban la madre, el tío, dos hermanos de la difunta de rostros petrificados.
En otro punto, más apartaditos, Frank Félix, Renaldo y Joaquín estaban cerrados en un silencio impenetrable. La atmósfera y el devenir de una tarde azul y limpia activaban las cosas para recordar a Josefina. Se marchó, es cierto, pero el mar la escupió muerta, para un reencuentro insufrible por necesidad. Había un sacerdote joven que hacía sus oraciones y citaba los pasajes bíblicos de siempre: El Señor es mi pastor...
-Dicen que la mataron-, comentó acercándose simuladamente el tío que antes había pronunciado unas palabras. -¿Qué sabes de eso?
-Lo suponemos, don José. Apareció muerta en la playa, pero nos dijeron que existía la posibilidad de que estuviera muerta cuando hizo contacto con el agua.
-Tú no sabes nada.
El comentario no pudo ser discernido: ¿Le había preguntado, tú no sabes nada, o se lo había enunciado? Siempre he sabido que en estas circunstancias el primer sospechoso es la pareja del muerto. Daba por seguro que la familia me responsabilizaba.
-Déjeme aclararle: ella me había abandonado, incluso, existe una carta firmada de su puño y letra en la que se despide de una amiga...
-¿De Rosina?
No quise responder. Aquel hombre no creía ni en su madre y siempre le andaba buscando las cinco patas al gato. Josefina lo respetaba; en diversas ocasiones lo citaba, mencionaba sus actitudes frente a los problemas de la vida, que enfrentaba de manera tajante y sin anestesia.
-¿Puedes ir por la casa cuando termine la ceremonia?
-Si me promete una cerveza.
-Leche. Te prometo leche con galleticas.
Nunca fui amigo de la familia de Josefina. Tampoco enemigo. No me interesó compenetrarme con ellos. Ni Josefina hizo lo suficiente por procurar ese acercamiento.
Me moví hasta el lugar donde los muchachos, impecablemente vestidos de negro, permanecían callados.
-El tío de Josefina quiere que vaya a su casa después del entierro.
-¿Y cuál es el problema? Eras el marido.
-Ese es el problema. Creo que me ponderan como sospechoso de la muerte de Josefina.
-No seas pendejo. ¿Sospechoso?
-Me habló de que la mataron y esas cosas...
-Bueno, para dicha tuya, ella se había largado...
Rosina fumaba en silencio. A poca distancia de ellos, pero oculto, el Mataviejas observaba. Rosina y él andaban juntos, pero inteligente y perspicaz, supuso que mostrarlo allí, abiertamente, no era más que una imprudencia.
-Entonces ve con ellos-, le dijo, asumiendo que la habían invitado al diálogo. Yo, que estaba seco, agripado, y con un terrible dolor de cabeza, quería ir a mi casa, beber un té, fumar un cigarro y echarme a dormir; pero no podía dejar que aquello me resbalara.
-Iré-, apunté finalmente, -a lo mejor me cae bien la leche con galleticas.
-¿...?

Me reuní con el tío de Josefina a las siete de la noche. Como me prometió, bebí leche y comí galletas. Él vivía solo, a poca distancia de donde lo hacían los demás familiares de la difunta. Me acomodé en una vieja mecedora de caoba antigua, en una especie de cuarto de descanso, donde el hombre tenía un televisor gigantesco, un equipo de música también gigantesco, y muebles y sillas de madera que resaltaban el buen gusto de don José.
Él era de esas personas que una vez pasa el tiempo y desaparecen los padres, se encargan de todo: protección, provisiones, como un papá todopoderoso inmiscuido en todos los asuntos.
Con su rostro rosado y los ojos azules, se sentó a mi lado. Bebió una taza de café preparado a su gusto por una vieja sirvienta sobre los setenta años.
-Nos preocupan mucho las circunstancias en que murió Josefina-, dijo. Tranquilo, sin notas de prejuicios en sus palabras.
-Lo supongo. Pero me parece extraño que ella no los haya puesto al corriente de su ruptura conmigo. Me había abandonado y nunca supe la razón.
-¿Quién sabe? Esas cosas ocurren; pero, ¿averiguaste si se enamoró de otro? ¿Indagaste si tenía algún amante?
No me sorprendió la rudeza de sus palabras, ni las suposiciones que, a mi parecer, resultaban ofensivas a la memoria de una muerta.
-¿Algún amante?-, pregunté azorado. -No lo creo, bueno, mejor dicho, no lo sé. Tampoco podría creer que me dejara por otro.
-¿No? ¿Por qué estás tan seguro? Sabes como son las mujeres de este tiempo. Cambian de marido como si se tratara de un anillo o un brazalete.
-Ella no era así.
-¿La conocías bien?
Sin lugar a dudas, don José era sinónimo de inteligencia. Supe de inmediato que sin importar la amabilidad y la condescendencia que exhibía en esos momentos, aquella reunión no era casual. Se trataba de un sutil interrogatorio de exploración, buscando causas originales de un homicidio:
-La conocía bien-dije, -y lo único que lamento es no haberme portado con ella como lo merecía.
-¿Cómo así?
-Mi trabajo y mis amigos me absorbían mucho tiempo. Nuestras relaciones se enfriaron. No la atendía; creo que esa fue una de las razones de su partida.
-Es posible.
Don José se sirvió un vaso de whisky con Seven Up. Me ofreció una cerveza. La temperatura empezaba a mejorar.
-¿Y la autopsia, qué dijo la autopsia?
El hecho de mencionar la autopsia suponía que él sabía de las intrigas instigadas por el imbécil que intentó chantajearme.
-¿Habló con Pedro Alejandro Gómez?-, le pregunté sin miedo. -Yo, particularmente, no ocultaba nada. Ese tipo es un crápula. Quería venderme información.
-¿Qué tipo de información?
Entonces le conté. Sin esperar una respuesta, le conté que el director de Patología me había insinuado un pago para hacer de la necropsia algo que no me implicara en el crimen.
-Me acusó, ligeramente, de haber matado a Josefina.
-¿Y qué hiciste?
-Lo descoyunté de un puñetazo.
El hombre me miró a los ojos, una mirada limpia y escrutadora que parecía desollar la retina y los órganos internos, antes de hacer la pregunta del millón:
-¿Tuviste algo que ver con su muerte?
Su pregunta iba dirigida en concreto a indagar si se ratificaba su sospecha, y su sospecha -y la de toda su familia- me vinculaba al asesinato de Josefina.
-Para nada-, respondí, -no tenía motivos para hacerlo.
-Un amante es un buen motivo.
Caí en cuenta de que la madeja se hacía lógica. Complicada, pero lógica. Si existía un amante, del cual nadie parecía tener constancia, ni física ni material, la posibilidad de una acusación no se descartaba.
-Si ustedes poseen información al respecto pueden decírmelo.
-O eres inocente o muy astuto. Tu mujer se marcha, te abandona, no se despide de ti... ¿y dudas el porqué?
Pensé como ráfaga en Rosina. Ella debía saber si Josefina me ponía los cuernos. Si me dejó por otro. Pero tampoco me colocaría en el lugar donde tal vez querían verme los familiares de Josefina. Lo peor de todo es que buscaban la constancia de un amante. Sería un móvil fácil de ponderar y de llevar y traer porque era una maniobra clásica que incluso en el ámbito judicial rendía sus frutos.
Don José, con su rostro inexpresivo y la mirada chispeante, fraguaba algo intenso y peligroso.
-Te lo voy a decir-, me previno, -estoy investigando a profundidad y necesito respuestas.
-¿Desde cuándo usted es policía?
La pregunta le partió el cerebro a juzgar por su mirada. Pero, de esa forma decidí romper el tedio, levantarme del sofá y marcharme de allí sin más ni más.
Cuando salí apresurado, él corrió detrás de mí. Al parecer, no había terminado su interrogatorio. Lo escuché por lo bajo murmurar y no quise darle ningún motivo que pudiera usar en mi contra. Estaba en su casa y desconocía cuál era su motivo real para haberme invitado. Incluso, cualquier abogado no me hubiese permitido esa visita.
-Tendrás que hablar claro, muchacho-, vociferaba, -en estos casos no hay muchos lugares para esconderse. Iré hasta las últimas consecuencias.
Fue el momento. Decidí acusar formalmente a ese sujeto de acoso y hostigamiento, y pedí, en el departamento contra homicidios de la policía, que se abriera una investigación oficial sobre la muerte de Josefina.
Luego del distanciamiento de los muchachos, las cosas no lucían iguales. Es por ello que no dudé en llamar a Frank Félix para exponerle el problema y la preocupación que me causaban las sospechas.
-Es el momento de atacar-, me dijo. -Es correcto que hayas pedido el esclarecimiento del caso a la policía. Ahora debemos ir a la Fiscalía para la tramitación que haga falta.
En unos minutos Frank Félix, Joaquín, Renaldo y yo elaborábamos un plan de acción. El primer paso fue acudir a la Oficina de Patología y pedir, con mucha calma, un pase para ir al despacho de Pedro Alejandro Gómez, el famoso director a quien reventé la boca cuando trató de extorsionarme.
-Lo siento mucho-, dijo la minúscula mujer que atendía la recepción, -el señor Pedro Alejandro Gómez murió esta mañana de un paro cardíaco.
Miramos fijamente su rostro: pronto expresaría algún rastro de humor en esa carita disléxica atormentada.
-¿Es una broma?
-Por favor, señor, ¿quién está para bromas?
Estábamos tan turbados que no notamos al entrar que había un clima fúnebre marcado. Los empleados llevaban algún cintillo negro o gris y algunas oficinas estaban cerradas, a lo mejor porque sus empleados estaban en el funeral.
Nos sentamos a pensar con cabezas frías. Si era cierto que el truhán ese había fallecido, debíamos indagar por todos los medios habidos y por haber el destino de los resultados de la autopsia.
-Escuche, jovencita-, atiné a decir con mucha delicadeza, -necesitamos los resultados de una autopsia practicada hace una semana.
-¿Específicamente qué día y quién fue el infortunado?- La mujercita parecía cada vez más grotesca, con su rostro desencajado y su cuello largo como jirafa. Hicimos unos cálculos mentales: semana pasada, viernes.
-15 de julio: Josefina Martínez Flores.
-¿Son sus familiares?
-Yo era su marido.
-Un momento.
La mujercilla salió del cubículo de recepción y caminó hacia el largo pasillo que llevaba al lugar donde archivaban los resultados. Mi móvil timbró. Rosina. Quería saber en qué andábamos y la puse al corriente.
-¿Sabes si Josefina tuvo un amante?- La pregunta fue tan directa, insensible y contundente que todos me miraron con rostros de decepcionados. Rosina me mandó al diablo. Que si creía que ella era una celestina para saber de hombres de otra, que si era una traidora para saber de un amante y no decírselo... ¡Clic!
-Qué sucedió-, preguntó Joaquín...
-Me mandó al diablo...
-Bien hecho.
Era una pregunta dura. Difícil de asimilar, les expliqué, pero es el móvil que daría fuerza a una acusación en mi contra. Pensé en muchas cosas: pensé en la carta, marqué el número de Rosina, le pedí excusas y le informé de mi trágica visita al tío de Josefina. Pensé en verla, porque, a decir verdad, tenía hambre y sabía que ella no iría muy lejos para prepararme uno de sus platos. Además tenía la carta. Necesitaba ver la carta; el último documento escrito por Josefina. Marqué nuevamente su número de teléfono.
-Anótate a los chicos, ellos también irán-, le informé.
-¿Novedad?
-No.
Sin embargo, más que precisarlos junto a mí en ese momento, por el simple hecho de tenerlos a mi lado y joder la paciencia, esta vez se trataba de otra cosa: la carta dejada por Josefina. Parecía un disparate y una grandísima pérdida de tiempo, pero allí había datos frescos que nos veíamos en la obligación de leer entre líneas.
La carta en sí, si era leída lentamente, no contenía complejidades profundas, y más bien hacía una exhibición del temperamento de la autora.
La mujercilla interrumpió mis pensamientos, llegó de frente, como un ratoncillo casi invisible.
-Señor-, dijo, -esos resultados ya fueron retirados.
Esto no salía de una broma; una grandísima broma que no terminaba y que alguien impulsaba para reír a quijada batiente.
-No es posible. ¿Quién retiró esos resultados?
La mujercilla, desganada y casi a punto de bostezar:
-No le puedo decir-, reveló, -es confidencial.
Frank Félix, Joaquín y Renaldo coincidieron en que sólo la familia de Josefina pudo adelantarse.
-Es una maldita imprudencia-, me manifesté.
-Aunque no sea maldita, sigue siendo una imprudencia-, consideró Joaquín con su humor corrosivo. -Esa gente es peligrosa, compadre.
-Por eso tengo que saber cosas que no sé.
-Muy profundo de tu parte.
-Es decir, necesito saber si Josefina tenía un amante.
Todavía estábamos sentados en unos sillones durísimos que habían habilitado en la oficina de Patología Forense para las largas esperas de la gente, cuando Renaldo dio en clavo.
-Lo más sospechoso de todo es que la policía no te ha requerido.
Frank Félix incentivó aún más el conflicto.
-Lo primero que debes hacer es ponerte a disposición de las autoridades para que te investiguen.
-Iremos todos.
Entonces me sonó el móvil. Le informé a Rosina la idea de ir a la procuraduría fiscal para que me investigaran por la muerte de Josefina. Me insultó. Me dijo que si estábamos locos, que no había razones para seguirle el juego al mamarracho del tío de Josefina y que si ese hijo de la gran puta quería un preso que se entregara él.
Reevaluamos la propuesta de Frank Félix, que también yo había ponderado antes, y aunque no la desestimamos del todo, la dejamos sobre la mesa.
-Pienso que la mejor idea es que consigas un buen abogado y te prepares.
Esa idea de Frank Félix era la más natural en ese momento. Requería los servicios especializados de un asesor legal, alguien que conociera las reglas del juego de manera científica; que conociera sus excepciones y sus trampas. Al fin de cuentas, no pensaba pasar un solo día en la cárcel por un crimen en el cual no tuve participación alguna.
El abogado me dijo, en cuanto lo vi, ¿Eres culpable? No, respondí. Bien. Lo buscamos de inmediato. Un profesional joven, con buen average -como dicen los beisbolistas- y con participación gananciosa en múltiples, sonoros e importantes litigios penales. Lucía como era: lentes recetados cuadraditos sobre sus ojos, patillas espesas y nariz aguileña, entre unas mejillas rollizas que le atildaban el aspecto de buena vida.
Lo llevamos con nosotros a la casa de Rosina, luego de edificarlo superficial, pero puntualmente, sobre el problema. Estuvo de acuerdo en buscar la manera de saber si Josefina tuvo algún amante y precisar con exactitud la fecha. Si coincidió con nuestra separación, si fue antes o después. Había que indagar sobre los datos que tenía la familia de la muerta. Especialmente don José, quien se había mostrado muy interesado en saber los pormenores del distanciamiento y en acusarlo insidiosa y soterradamente de tener participación en el supuesto crimen.
El abogado acentuaba marcadamente los acentos. Rosina abrió la puerta sorprendida porque el paquete había crecido y ella, que no se quedaría atrás nunca, aprovechó para informar a sus amigos que Ricardo Matos, el Mataviejas, estaba en la casa.
-Bueno, ahora se completa la fiesta-, dijo Ernie muy sonriente y a pesar de la advertencia que le había hecho. Lo saludó con efusividad. Cualquiera pensaría que el problema había sido subsanado entre ellos. Y así lo creían todos. Hasta el mismo Mataviejas.
Ellos se ubicaron en un extremo de la sala y marginaron al novio de Rosina que, obviamente, no tenía vela en ese entierro. Era un tipo consistente, nadie lo presionaba, o mejor dicho, no se dejaba presionar, lo que sin lugar a dudas, y conociendo su temperamento, excitaba a Rosina.
-Necesitamos la carta que te dejó Rosina antes de irse-, le comunicó Ernie a la mujer que vestía un pantalón short jeans y una blusa ceñida, en una reconfirmación de ofensiva brutal contra los hombres, sobre todo el abogado, con los ojos pegados a la mujer desde que llegó.
-¿La carta?-, preguntó ella un poco fuera de lugar. -¿Con qué objeto?
Lo más difícil en sus características y en su propio temperamento se expresaba en esas relaciones antinaturales, una manera de ir siempre a contracorriente. En oposición a todo y a favor de nada.
-Él es un abogado-, le informó Ernie, -y se hace urgente analizar esa carta.
Luego de servir café, fue a cumplir la encomienda. Regresó con aire lúgubre bordeando su cabeza. Uno nunca sabía si era tristeza, dolor nostálgico o una simple actitud de contrariedad.
El abogado sujetó con guantes y de manera casi teatral el papel de la misiva. Leyó en voz alta:
Lo que puedo decir es que me marcho lejos, Rosina.
Ni un minuto más seguiré soportando esta situación
que es dañina; muy perjudicial para todos. No estoy
conforme y creo que nunca lo estaré: no lo estaremos.
Luego de leer este párrafo, el abogado guardó silencio. Se llevó la taza de café a la boca y atravesó a Ernie con una mirada dubitativa.
-Según mi apreciación-, dijo, -la causa de su partida está frente a sus narices.
El abogado no habló durante diez minutos. Pensaba. Ernie y el grupo desesperaban, pero a él no le importaba, tenía que hacer un trabajo y lo haría.
-Ernie-, le dijo, -leeré esta carta en mi oficina. Si la joven me lo permite.
-¿Por qué?
-No podemos darnos el lujo de festinar este asunto. Aquí hay cosas muy serias que te diré en su momento.
-Pero no es posible-, contravino Joaquín, -es un asunto de desconfianza. ¿Nos crees idiotas, viejo?
-Yo también lo creo así-, lo respaldó Renaldo.
Frank Félix miró compasivo a Ernie, a sus amigos. Ernie sabía que el momento no era el mejor para las intrigas.
-Señores-, dijo Frank Félix, -entendamos una cosa: es una arbitrariedad no llevar a cabo el plan como se estableció originalmente. Analizaríamos juntos la carta. Pero, ciertamente no hay condiciones para asumir esa responsabilidad de manera colectiva. El abogado posee sus métodos y nosotros debemos acoplarnos. Como quiera, sabremos los resultados.
El Mataviejas observaba entretenido aquel diálogo para él totalmente cantinflesco y bebía su whisky con deleite. Ernie quería sacarlo a patadas, pero no contaba ni con la autoridad ni con el motivo que justificara una acción de ese tipo.
Se levantó del sillón, se excusó y llevó aparte al abogado.
-¿Qué sucede? Me pones en aprietos con mis amigos.
El abogado seca el sudor granulado con gotitas espesas sobre su frente:
-Así es como trabajo. Lo coges o lo dejas.
No había manera de discutir el asunto en aquel momento, debido a las razones que él creía subyacían en el mismo texto de la carta y que en forma precisa apuntaba al propio grupo.
-Muy bien-, afirmé más tranquilo, -lo haremos como dices.
Todavía quedaba un asunto: hablar con Rosina en privado. Al principio no me interesaban las especulaciones: que el tío creyera que yo era un asesino y lo propalara a los cuatro vientos, que la familia de Josefina lo respaldara, después, después caí en cuenta del lío que me venía encima sino aclaraba las cosas.


Rosina se había sentado al lado de su novio, el Mataviejas, muy quitadita de bulla, mientras los demás respiraban los remilgos de un sentimiento de confusión, azuzado por el abogaducho. Ernie no quería desatar mayores conflictos, ya estaba bastante metido en el clima asfixiante de la desidia. Por eso se acercó con sutileza y con esa misma sutileza la abordó.
-Necesito hablar contigo.
Rosina, receptiva, miró al novio, como pidiéndole un permisito por favor. El Mataviejas accedió con una sonrisa sobregirada. Fueron a la cocina, se sentaron en dos sillas rústicas, propiedad del vecino, que las prestaba al grupo cuando jugaban dominó. Ernie hizo una llamada desde su teléfono móvil.
-Puede irse. Lo llamo más tarde.
-¿Con quién hablaste?-, preguntó ella, siempre queriendo saberlo todo.
-Con el abogado.
-Es muy determinante...
-Quiere hacer su trabajo.
A Ernie le molestaban tanto cacareo y tantas explicaciones. Estaba a punto de hastiarse de tanta incomodidad, pero Rosina era un mal necesario.
-Es muy importante para mí saber, por favor, si Josefina tuvo algún amante mientras estuvo conmigo.
Rosina no se consideraba una mujer cáustica. Tampoco cobarde, era poco reservada, pero a la hora de la verdad:
-¿Por qué insistes con eso?-, preguntó...
-Porque es el elemento que puede joderme a nivel judicial. Porque el tío de Josefina me lo hizo saber abiertamente: investiga y es de los que creen que los celos son capaces de llevar al homicidio.
-¿Lo crees tú?
-¡Qué joder!
-¿Lo crees tú?
-El hecho de creerlo no necesariamente quiere decir que lo comparta. Ni siquiera lo considero.
-¿Estás seguro?
Ernie enrojeció de la ira. Se trataba de uno de esos juegos evasivos tan aludidos y practicados por Rosina. Una manera acertada de no responder o de retardar la respuesta.
-No me has respondido...
-Josefina y yo éramos amigas, pero tú eras y eres mi amigo: lo fuiste antes de conocerla.
-Fuimos más que amigos...
-Bueno, nos cogíamos, pero esa vaina no viene al caso.
-Tanta vulgaridad abruma. No me desvíes el asunto: ¿quieres que llame al Mataviejas para que me ayude?
-¿Algún rencorcito?
-Por favor.
Vueltas en círculos. Ella fraguaba el modo de envolver la situación, mientras la atmósfera se hacía convulsa, la química adversa de ambos los acercaba y distanciaba peligrosamente.
-Podemos hacerlo-, dijo ella.
Libraban la vieja batalla del odio y la desventura; Ernie no la toleraba, y ella hacía intolerable el trato entre ambos. Es de esas cosas que no se pueden explicar plenamente. Esas situaciones envolventes e inexplicables que sólo ellos sabían e ignoraban.
-Eres una desvergonzada...
-Ahora mismo.
-Ahí están todos, incluso el Mataviejas. No podemos, aunque nos quemen las hormonas.
Ella ardía.
-Ahí tienes al Mataviejas.
Pero su deseo no era por el Mataviejas. Ambos querían revolcarse en una cama o encima de una mesa sin meditar. ¿Habían enloquecido?
Ernie se levantó de la silla y salió de la cocina.
-Ya no tiene sentido seguir esta conversación.
-¡Cobarde!
Frank Félix, Joaquín, Renaldo y el Mataviejas se intrigaron. Los sudores en la frente de Ernie y el ardor que ardía como brasa en el rostro de Rosina hacían fluir un olor a intento de sexo. Todos escrutaron al Mataviejas y el Mataviejas como si nada.
-¿Nos vamos?-, preguntó, sin saber por qué se doblegaba al vaivén de las circunstancias de Ernie.
-No-, dijo Rosina, -esperen el almuerzo.
-Me lleva el diablo contigo-, le increpó Frank Félix a Ernie, a modo de murmuración, -¿qué pasó en esa cocina?
-No sé. Es una maldición.
Ernie, que no fumaba con la frecuencia viciosa de los demás, encendió un cigarrillo con las manos temblorosas.
-Tú eres una maldición...
-No jodas...
Joaquín y Renaldo no preguntaban: sabían que preguntar y no preguntar es la misma vaina, da igual cuando se trata de Ernie. Siempre con unos embrollos. Sus disquisiciones, sus controversias, dada su naturaleza imperfecta de ser o en menor medida considerarse el ombligo del mundo.
Frank Félix sujetó a Ernie por uno de sus brazos y lo sacó hasta el balcón. Su irritación, decía él, tragándose la saliva, tenía fundamentos. ¿Cómo es posible decidir venir contigo a resolver un problema, a indagar a profundidad si Josefina te ponía los cuernos y terminen casi haciendo el amor frente a nosotros? ¿Por qué crees que sucedió todo? Frank Félix le dijo que Rosina había dado una muestra magistral de evasión: inventó la atmósfera erótica para no responder preguntas.
-Y no responde porque así te mantiene en ascuas. No se trata de responder sí o no: se trata de mantener la expectativa; de explotar esa debilidad tuya, que yace entre tus piernas.
Ernie expulsaba el humo del cigarrillo, con la mirada distinta, dirigida hacia ningún lado.
-Esto es un círculo vicioso.
-No. No lo es. Estoy investigando si Josefina tuvo un amante, he contratado un abogado y mi relación enlodada con Rosina nada tiene que ver. Mi situación con Rosina es... delicada.
Frank Félix distendió el rostro buscando serenarse. No le interesaba un nuevo roce catalizador de distancias con su amigo, pero, como todos, estaba hasta la coronilla.
-Eres un problema irresoluble. Estás perdidamente enamorado de Rosina; lo has estado siempre, incluso cuando estuviste con Josefina. Tu subconsciente intenta bloquear esa realidad, pero es así.
-Estás equivocado. No puedo estar enamorado de ella, si a veces ni la soporto. No puedo ni estar cerca de ella.
-¿Seguirás engañándote? Si fuera tú, sacara al Mataviejas a patadas de la casa y en dos horas me reconcilio con ella, le hago el amor y somos felices para siempre.
¿Sacar al Mataviejas a patadas? Una de esas ocurrencias únicas de Frank Félix. No meditó esa preciosidad, pues estaba picado por el tanto estrés que provocaba esa historia inacabable de Ernie. ¿Cómo pensar en volver con Rosina? Nunca fue su intención; sólo quería indagar. Ahondar en la vida de Josefina y en aquellos capítulos que, si existieron, yo desconocía. Yo desconocía muchas cosas y quería conocerlas, pero, en el camino, me había quedado en algún incidente; un incidente creado por Rosina para evadir la respuesta.
-Soy un estúpido-, admitió.
-Pero uno de marca mayor.
La duda mayor: saber si el calorón erótico que afectó la conducta de Rosina en la cocina fue sincero o si ciertamente hay una intención especial de desviación del tema. Rosina era capaz de vertebrar cualquier táctica para lograr sus propósitos y él lo sabía. Incluso ella no le había perdonado en un cien por cien el desplante que le causó al sacarla oficialmente de su vida. “La botó”, y ella recibió esa expulsión, si hay otro modo de llamarle nunca lo pensó, con suma cautela, aunque nunca manifestó rabia o despecho. En una mujer como ella, la rabia y las heridas sangrantes no cicatrizaban y, si lo hacían, era porque no existía sangre para seguir expeliendo.
Ernie y Frank Félix se encerraron en ese silencio tan de ellos en ocasiones. El primero porque sabía que sus errores iban aumentando, pasaban con celeridad de menor a mayor, y el segundo, porque entendía que su propia vida era un simple reflejo, o una sombra dependiente de las acciones y locuras de Ernie. Lo había constatado, rondaban un círculo vicioso, sin inicios, sin puntos medios, sin final.



















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Periodista, escritor, ganador del Premio Único de Poesía de la Centenaria Alianza Cibaeña de Santiago de Los Caballeros y autor de la novela infantojuvenil Héroes, Villanos y Una aldea, publicada por el Grupo Editorial Norma. Reportero del matutino dominicano Listín Diario.