11 abril 2007

Génesis de metal de un amor de lluvia

La buscó entre las sábanas de la cama, donde el calor incrementaba la temperatura de sus cuerpos. Hubo besos. Caricias, uno que otro quejidito. El aposento se mantenía tibio, el techo de zinc siempre dejaba fluir un vapor caliente en las noches, por el sol recogido en el asueto de los días felices. No habían comido nada. Tampoco bebido. No tenían un reloj para ver la hora, por lo que el tiempo pasaba de largo.

Luego de hacer el amor encendieron un cigarrillo, mejor dicho, cada uno encendió un cigarrillo y cada uno fumó. Quisieron poner a funcionar el tocadiscos, pero no tenían energía eléctrica para hacerlo; ella cantó.

Necesitaban una canción y no había ni tocadiscos, ni electricidad, sí una habitación oscura y caliente que los hacía sudar a cántaros. La última vez que salieron el día estaba soleado. Fue ese mismo día.

Ambos sintieron un olor a flores frescas. Ambos también contemplaron que una rara intensidad sombreaba el cielo, entorpecía el tránsito de las nubes. Estaban unidos entre ellos: habían comprendido la situación y se dedicaron a vivir.


Se lo propusieron y lograron apagar los teléfonos celulares. No contaban ni con radio, como se ha dicho, aunque se dijo tocadiscos, ni un aparato televisor para ver las noticias, para ver el acontecer del mundo con sus inquietudes y sus vapores demoníacos, no estaban interesados en nada; tampoco estaban desinteresados, sólo querían vivir. Retornar a la condición anterior del hombre y la mujer, cuando el hombre debía buscar qué comer para sobrevivir sin el stress, sin las presiones de un maldito jefe apurándolos para entregar un informe para ayer a las dos de tarde.

Fumaron y se mantuvieron tranquilos. Casi ensordecían al escuchar la espesura del silencio, un silencio agrietado por el silbido de las aves, por los retozos de las aves y los animales que brotaban como los arbustos del bosque.
La decisión fue tajante: abandonaremos el mundo para vivir, para respirar. Atrás quedó el edificio de apartamentos con sus comodidades, su intercom, su escalera de emergencia, su ascensor y su conserje para encargarse del mantenimiento.

Ella volvió a meterse entre las sábanas, él la siguió. Se miraron despacio los cuerpos desnudos y casi perfectos: no importaban las libritas de más, allí estaba la perfección, entre ellos, abandonados a la vida y la vida abandonada para ellos.


Volvieron a pegar sus labios, a suavizar el beso, a amarrar sus lenguas en un intenso intento por romper la tregua y reanudar el rito amatorio. Se amaron. Hasta el amanecer. Cuando la lluvia se sintió intensa sobre el techo de zinc y los estimuló, se besaron cada porción de sus cuerpos, cada poro de su piel, se lamieron cada resquicio.
Vivieron unas horas indescriptibles, en la mañana, ambos estaban muertos, antes de morir, se juraron no volver a sufrir...jamás.

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Acerca de mí

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Periodista, escritor, ganador del Premio Único de Poesía de la Centenaria Alianza Cibaeña de Santiago de Los Caballeros y autor de la novela infantojuvenil Héroes, Villanos y Una aldea, publicada por el Grupo Editorial Norma. Reportero del matutino dominicano Listín Diario.